LO QUE ES
Apuntes sobre la mirada y la presencia
"Cuando comencé a estudiar el zen, las montañas eran montañas; cuando creía entender el zen, las montañas no eran montañas; pero cuando llego al pleno conocimiento del zen, las montañas volvieron a ser montañas”.
Paul Schrader
Al principio, las montañas son montañas. Se alzan ante la mirada con la contundencia de lo obvio, con la autoridad de lo que no necesita ser explicado. Están ahí, como siempre han estado: formas sólidas contra el cielo, límites claros entre la tierra y el aire. La conciencia, en este primer momento, se desliza sobre el mundo sin fricción. Nombrar es suficiente. Ver es creer. Vivimos rodeados de cosas que parecen coincidir exactamente con lo que creemos que son. El árbol es un árbol, el rostro es un rostro, el yo es un yo. Nada parece esconderse detrás de su apariencia.
Esta es la fase de la inocencia ontológica. No en el sentido moral, sino en el sentido perceptivo. El mundo no se cuestiona porque no parece haber nada que cuestionar. La realidad se presenta como un inventario bien ordenado: objetos aquí, sujetos allá, causas y efectos siguiendo una coreografía estable. El lenguaje se ajusta al mundo como una piel bien cosida. Las palabras no chirrían. Decir “montaña” parece agotar la montaña. Decir “yo” parece agotar lo que somos.
Pero esta tranquilidad es frágil. Basta una grieta mínima —una pregunta, una pérdida, una intuición— para que el edificio comience a resquebrajarse. En algún punto del camino, las montañas dejan de ser montañas.
No es que desaparezcan físicamente. Siguen ocupando su lugar en el horizonte. Pero algo esencial se ha desplazado. La mirada ya no se posa sobre ellas con la misma seguridad. De pronto, nos interrogamos: ¿qué es realmente lo que veo? ¿Dónde termina la montaña y dónde empieza mi percepción de ella? ¿Es la montaña una cosa en sí o un acontecimiento en mi conciencia? Lo que antes era sólido comienza a volverse poroso. Las fronteras se difuminan.
En esta segunda etapa, el mundo se vuelve problemático. Cada cosa se carga de comillas invisibles. La montaña ya no es simplemente montaña, sino “montaña”. Un constructo. Un agregado de sensaciones, recuerdos, conceptos heredados. El yo tampoco se salva. Aquello que parecía un centro estable se fragmenta en impulsos, pensamientos, hábitos, narraciones internas. Buscamos desesperadamente un núcleo y solo encontramos capas.
Esta es la fase del desierto metafísico. El momento en que la certeza se derrumba, pero todavía no sabemos habitar la intemperie. La no-dualidad aparece aquí como una amenaza más que como una liberación. Si no hay separación clara entre sujeto y objeto, ¿qué queda de nosotros? Si el mundo no es tal como creíamos, ¿en qué podemos apoyarnos?
Es fácil quedar atrapado en esta zona. Confundir la disolución con la negación. Creer que ver la vacuidad de las cosas implica que nada importa. El pensamiento se vuelve circular, obsesivo. Todo se relativiza. Todo se sospecha. La mente, que pretendía liberarse, se convierte en una prisión más sofisticada. El análisis sustituye a la presencia. La deconstrucción se vuelve una forma de violencia sutil.
Las montañas no son montañas porque ahora son símbolos, procesos, ilusiones, campos energéticos, proyecciones mentales. Ya no podemos simplemente sentarnos frente a ellas. Tenemos que pensarlas. Interpretarlas. Sospechar de nuestra propia experiencia. La espontaneidad se pierde. El mundo se vuelve un problema filosófico permanente.
Y sin embargo, esta fase es necesaria. Sin ella, no hay ruptura del automatismo. No hay fisura por donde pueda entrar otra forma de ver. El zen —como tantas tradiciones no duales— no propone quedarse en la ingenuidad inicial. La atraviesa. La quema. La deja atrás. Solo después de que las montañas han dejado de ser montañas puede ocurrir algo más radical.
Porque llega un momento —no por acumulación de ideas, sino por agotamiento— en que la mente se rinde. No porque haya encontrado una respuesta definitiva, sino porque ha comprendido la inutilidad de seguir preguntando del mismo modo. El pensamiento, empujado hasta su límite, colapsa sobre sí mismo. Y en ese colapso se abre un silencio.
En ese silencio, las montañas vuelven a ser montañas.
Pero no son las mismas montañas del principio. Y no somos la misma conciencia que las mira. La diferencia es sutil y, al mismo tiempo, absoluta. Ahora ya no hay necesidad de resolver la montaña, de explicarla, de reducirla a conceptos. La montaña aparece tal como es, sin añadidos, sin restas. No como objeto frente a un sujeto, sino como acontecimiento completo. Presencia pura.
Aquí, la no-dualidad deja de ser una idea y se convierte en experiencia. No significa que “todo sea uno” en un sentido abstracto o místico. Significa que la división entre el que ve y lo visto pierde su rigidez. Ver ocurre. Montaña ocurre. Respiración ocurre. No hay un centro que posea la experiencia, ni una periferia que sea poseída.
El yo, en este punto, no desaparece como función práctica. Seguimos usando nuestro nombre, pagando cuentas, recordando el camino a casa. Pero ha perdido su pretensión metafísica. Ya no se presenta como el dueño de la experiencia, sino como uno de sus movimientos. Un personaje funcional dentro de una coreografía mayor.
La montaña vuelve a ser montaña porque ya no necesitamos que sea otra cosa. No necesitamos que nos enseñe nada, que simbolice algo, que confirme una teoría. Su simple estar es suficiente. Y en ese estar, algo en nosotros descansa.
Este regreso no es una regresión. Es una espiral. Volvemos al mundo ordinario, pero sin el peso de la literalidad ingenua ni la paranoia del análisis constante. Cocinamos, caminamos, hablamos, pero algo se ha aflojado. La realidad ya no nos exige ser comprendida para ser habitada.
Quizá por eso esta enseñanza resuena tanto con ciertas sensibilidades artísticas como la de Schrader. Porque hay un punto en el que la trascendencia no está en huir del mundo, sino en mirarlo sin filtros innecesarios. En aceptar que lo absoluto no se encuentra detrás de las cosas, sino exactamente en su superficie cuando dejamos de violentarla con nuestras expectativas.
Las montañas son montañas: pesadas, silenciosas, indiferentes a nuestras crisis ontológicas. Y, sin embargo, nunca habían estado tan vivas. Nunca habían estado tan cerca. No porque ahora las poseamos, sino porque hemos dejado de interponernos.
Esta es la paradoja central: cuando dejamos de buscar un significado último, el significado se vuelve ubicuo. Cuando abandonamos la obsesión por la profundidad, la superficie se revela insondable. No porque esconda algo, sino porque no necesita esconder nada.
Así, la meditación metafísica no culmina en una teoría, sino en una forma de estar. Un modo de sentarse frente a la montaña —o frente a un rostro, o frente al propio dolor— sin exigirle que sea otra cosa. Permitir que lo que es, sea. Y permitirnos ser con ello.
En ese punto, el mundo ordinario se vuelve extraordinario sin dejar de ser ordinario. Las montañas no flotan, no se disuelven en luz, no revelan mensajes secretos. Simplemente están. Y nosotros, por primera vez, también.


